Generalmente asumimos que para hacer un cambio en nuestra conducta basta con darnos cuenta y ser conscientes de qué es lo que tenemos que cambiar, esperando que ocurra la magia de un escenario diferente. Pero la realidad es que, aunque tengamos consciencia de lo que necesitamos hacer, no lo hacemos.
Si te preguntara: ¿qué es lo que necesitas para tener hábitos más saludables?, muy probablemente me dirías que comer más frutas y verduras y hacer ejercicio. Sabemos que esa información vive en nuestro cerebro, pero no la pasamos a la acción.
Conocernos no solo abarca el terreno psicológico de la individualidad —cuáles son nuestras emociones, pensamientos, etcétera—. También existe una base fisiológica de cómo funcionamos que nos permite comprender por qué es tan difícil cambiar un hábito.
Las neurociencias nos explican esto: para nuestro cerebro tiene un costo energético muy alto ponerle atención y concentración a algo. Si tuviéramos que detenernos a reflexionar sobre cada proceso o acción que realizamos, la vida sería imposible. Piénsalo así: si yo te pidiera que escribas con tu mano izquierda cuando eres diestro, ¿qué pasaría? Lo harías más lento, pondrías más atención y te equivocarías muchas veces. Si practicas esto por muchas horas, días y semanas, tu cerebro generará nuevas conexiones neuronales y lo hará de manera eficiente; es decir, lo automatizará para hacerlo sin esfuerzo, creando un nuevo hábito.
¿Qué es importante resaltar aquí? Que en este proceso actúan dos zonas cerebrales distintas: la toma de decisiones (córtex prefrontal) y la automatización (ganglios basales).
¿Y qué tiene esto que ver con querer empezar una dieta?
Que tomar la decisión de mejorar tus hábitos (mediante alimentación y ejercicio) es solamente la primera parte del proceso; la repetición constante es lo que realmente nos llevará a ese cambio.
Imagínate que este es el proceso para un solo hábito: ¿Cuántas cosas quieres cambiar a la vez? A esto súmale todas las decisiones que tomas durante el día en tu trabajo, en tu vida personal, el estrés, etcétera. Llega un punto en el que pedirle al cerebro que haga algo nuevo suena sumamente complicado.
No es imposible cambiar, pero debes hacerlo paso a paso y de manera estructurada. Piensa en un hábito nuevo que te gustaría integrar en tu vida cotidiana, por ejemplo, hacer ejercicio. Busca un horario, pon una alarma que te recuerde la hora de empezar y ten en cuenta que ese será el punto de inflexión donde tu cerebro tendrá que frenar el automatismo para pasar a la acción nueva. Será exactamente igual que cuando escribiste por primera vez con tu mano no dominante: se sentirá incómodo, sentirás que no es para ti y que te toma demasiado tiempo. Todos esos pensamientos aparecerán y probablemente experimentarás la urgencia de rendirte, pero podrás identificar que se trata únicamente de la resistencia natural del cerebro al cambio. Lo mismo ocurrirá la primera vez que interrumpas tu automatismo para ir a entrenar.
Empieza por un hábito y me platicas cómo te fue.
Recuerda que no necesitas hacerlo perfecto, sino mejor que ayer.
Si deseas que te apoye en tu proceso, con gusto lo haré.
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